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El Marruecos jazzero y cosmopolita

Los aposentos de un antiguo palacio italiano de 1912 han dado cobijo, en la sexta edición del Tanjazz, el festival de jazz más grande de Marruecos, a más de 100 artistas.
Su creador, el francés Philippe Lorin, amante de los imposibles, las ciudades decrépitas y el jazz, quiso acercar la esencia del París de los años 50, la época en la que él creció cuando la cultura gobernaba por todos los rincones de la capital francesa, a Tánger, la ciudad de la bohemia marroquí.
Presentación de Craig Sutton y Gary Fritz en el Tanjazz 2014 El resultado: un oasis musical, cultural y social.
El único festival de todo Marruecos en el que se permite beber alcohol al público.
Un público, en su mayoría, extranjero a los que también acompañan marroquíes amantes de la cultura y el arte.
La peculiaridad de este encuentro musical, aparte del palacio de construcción morisco- marroquí, es que los espectadores pueden disfrutar de todos las vertientes del jazz con un vino tinto, una cerveza o un gin-tonic en la mano.
“Las licencias son difíciles de conseguir.
Desconocemos si nos la van a dar hasta escasos días antes”, cuenta a EL MUNDO Philippe Lorin, el artista que cambio una empresa de publicidad por los más exóticos acordes del jazz internacional del momento.
En esta edición, la energía y la fuerza de Nikki Hill y su rock/soul venido de Malasia y de Estados Unidos hicieron bailar al público que suplicó unos merecidos bises.
Sensaciones opuestas, pero igual de agradecidas por los espectadores, transmitía el otro grande del cartel.
Se trata del senegales Ablaye Cissoko.
La paz y la espiritualidad del intérprete y su inseparable instrumento de cuerda, la koda, traída desde el África del siglo XIII y según él músico de jazz, ” inventada por sus tatarabuelos”, apaciguaron a los llegados de todas partes de Marruecos para escuchar su arte.
Aprendió a tocarla cuando tan solo era un niño y desde entonces ha vivido pegado a ese instrumento que rompe con el jazz tradicional y aporta la espiritualidad.
En las letras de sus canciones evoca sus raíces africanas, la vida en los barrios del Senegal que habita, y que no quiere dejar, las relaciones entre sus vecinos y la conexión con sus antepasados.
Lo acompañaba el batería Simon Goubert, la pianista Sophia Domancich y el contrabajo Jean-Philippe Viret.
Melón Lewis abrió la velada del sábado con su música cubana contemporánea.
Reservó para Tánger un espectáculo que solo habían puesto en práctica dos veces antes, en París y Nantes.
Un espectáculo que da lugar a la improvisación y que en Tánger hizó bailar al público.
Pero sin duda, uno de los grupos más aclamados de la noche fueron los libanases The Wanton Bishops.
Nada que ver con el jazz: el bajo, la guitarra y la batería de estos rockeros con barbas, pendiente y tatuajes movilizaron a todos.
A ellos y a ellas.
Sobretodo a ellas.
Fuente: Rebeca Hortigüela en El Mundo .

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